viernes, febrero 22, 2008

Estar enamorado y dar las gracias por ello.

Pero que suerte tener a alguien así a tu lado!!!!!!!!!!!!!
Creo que debe haber uno entre un millón...



“Gracias por pedirme salir, dos veces. Por acompañarme hasta el portal. Gracias por pedirme la Coca cola sin limón, porque sabes que así me gusta más. Gracias por consolarme cuando lloro, por agarrarme cuando tropiezo. Por subirme la autoestima, por compararme una rosa. Gracias por dejarme siempre en casa, aunque tengas que volverte andando. Gracias por pedir mostaza para mis patatas. Por subir conmigo hasta la Torre Eiffel. Gracias por hacerme reír cuando estoy enfadada. Por hacerme el desayuno cuando no me quiero levantar. Gracias por invitarme a comer a tu casa, por querer que conozca a tu familia. Por traerme regalos cuando te vas de viaje. Gracias por cantar desafinando, por bailar conmigo, por acariciarme. Gracias por avisarme cuando vas a encender la luz para que cierre los ojos y no me deslumbre. Gracias por taparme cuando tengo frío, por prestarme tu sudadera, por compartir tu paraguas. Gracias por querer que te acompañe a comprarte ropa. Por interesarte por mi opinión, por preguntarme si ese jersey te pega con el pantalón. Gracias por hacerme una “perdida” cuando llegas a casa , para que sepa que estás bien. Gracias por mirarme como si nadie más existiese, por abrazarme fuerte y no querer soltarme. Gracias por dejarme elegir las películas, y por verlas conmigo aunque no te gusten. Gracias por venir a Portonovo, por jugar con mis primos, por ver el fútbol con mi padre. Gracias por llamarme desde Estados Unidos, por mandarme emails, por escribirme mensajes. Gracias por comprarme los libros que me gustan. Por animarme a seguir escribiendo. Por venir a buscarme a clase. Gracias por cargar con mis esquíes. Por confiar en mi, por ser el fuerte ante las crisis. Gracias por llenar mi día con tu presencia, por devolverme la sonrisa cuando la pierdo, por prestarme tus ojos para soñar con ellos. Gracias por ser paciente, por andar a mi ritmo, por desarme suerte antes de cada examen. Gracias por quererme más cada día que pasa, por besarme, por apartarme el pelo de la cara. Gracias por saber decir en cada momento. Por cogerme de la mano. Gracias por permitirme formar parte de tu vida. Por emprender juntos este viaje”.


**Natalia Fernández**

domingo, febrero 17, 2008

Los hijos y la antorcha.

Cuando somos jovenes y nuestros impulsos nos llevan a ausentarnos de nuestros hogares y regresar en horas avanzadas de la noche, o talvez de madrugada, en ningún momento pensamos que nuestros padres se preocupan por nosostros, somos egoistas. Pero cuando formamos una familia propia y los hijos llegan a la adultez, es entonces que nos toca tomar la antorcha.

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¿Hay un período mágico cuando los hijos se hacen responsables por sus propias acciones? ¿Hay un momento maravilloso, cuando los padres nos convertimos sólo en espectadores de la vida de nuestros hijos, nos alzamos de hombros y decimos: "Es la vida de ellos" ¿Sin sentir nada?

Cuando tenía 20 años, estaba en el pasillo de un hospital esperando a que los doctores pusieran unos puntos en la cabeza de mi hijo de dos años y pregunté:

-¿"Cuándo pararé de preocuparme"?

La enfermera me dijo:

-¡Cuando salgan de la etapa de accidentes!.

Mi mamá apenas sonrió y no dijo nada.

Cuando contaba con 30 años, me senté en una pequeña silla en la clase y escuchaba como uno de mis hijos hablaba incesantemente interrumpiendo la clase y moviéndose continuamente.

Casi como que me hubiera leído la mente, la maestra me dijo:

-¡"No se preocupe, todos ellos pasan por esta etapa y luego usted, podrá sentarse tranquila......relajarse y disfrutarlos"!

Mi mamá apenas sonrió y no dijo nada.

Cuando contaba con 40 años, me pasaba la vida esperando que el teléfono sonara...

...que los autos llegaran a casa...

...que la puerta de la casa se abriera.

Una amiga me dijo:

-¡No te preocupes, en unos años vas a poder dejar de preocuparte.
Ellos ya serán adultos.


Mi mamá apenas sonrió y no dijo nada.

Ya en mis 50 años, estaba cansada y harta de ser vulnerable.
Todavía me estaba preocupando por mis hijos, pero también ya se notaba una arruga nueva en mi frente, aunque no podía hacer nada acerca de ello...

Mi mamá apenas sonrió y no dijo nada.

Yo continué angustiándome con sus fracasos, apenándome por sus tristezas y absorbida en sus decepciones.
Mis amigos me decían que cuando mis hijos se casaran yo iba a poder dejar de preocuparme y llevar mi propia vida.
Yo quería creerles, pero me asaltaba el recuerdo de la cálida sonrisa de mi mamá y su ocasional:


-"Luces pálida hija, estás bien? Estás deprimida por algo?"

¿Puede ser que los padres estemos sentenciados a una vida de preocupaciones?
¿Es que la preocupación por nuestros hijos se entrega como una antorcha de unos a otros, para que arda en el camino de las fragilidades humanas y el miedo a lo desconocido?
¿Es la preocupación una maldición, o es una virtud que nos eleva a lo más alto de la vida humana?

Un día uno de mis hijos, se irritó conmigo.

Me dijo: -¿Dónde estabas? ¡Desde ayer que te estoy llamando y nadie me respondía.! ¡Estaba muy preocupado...!

Y yo solo me sonreí y no dije nada.

¡¡¡La antorcha había sido entregada!!!

viernes, febrero 15, 2008

Problemas?????








Los gatos se meten aveces donde no deben, verdad?


Parece que el lindo gatito esta en problemas…

Cada vez que se nos cierra una puerta, se nos abre otra....



“Es la ley de la vida que cada vez que se nos cierra una puerta, se nos abre otra. Lo malo es que con frecuencia miramos con demasiado ahinco hacia el pasado y añoramos la puerta cerrada con tanto afán, que no vemos la que se acaba de abrir.”


(Albert Schweitzer)





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EL ÁNGEL CARACOL



galería del autor


Hay una vieja fábula oriental que cuenta la llegada de un caracol al cielo. El animalito había venido arrastrándose kilómetros y kilómetros desde la tierra, dejando un surco de baba por los caminos y perdiendo también trozos del alma por el esfuerzo. Y al llegar al mismo borde del pórtico del cielo, San Pedro le miró con compasión. Le acarició con la punta de su bastón y le preguntó:

«¿Qué vienes a buscar tú en el cielo, pequeño caracol?»

El animalito, levantando la cabeza con un orgullo que jamás se hubiera imaginado en él, respondió:

«Vengo a buscar la inmortalidad.»

Ahora San Pedro se echó a reír francamente, aunque con ternura. Y preguntó:

«¿La inmortalidad? Y ¿qué harás tú con la inmortalidad?»

«No te rías -dijo ahora airado el caracol-. ¿Acaso no soy yo también una criatura de Dios, como los arcángeles? ¡Sí, eso soy, el arcángel caracol!»

Ahora la risa de San Pedro se volvió un poco más malintencionada e irónica:

«¿Un arcángel eres tú? Los arcángeles llevan alas de oro, escudo de plata, espada flamígera, sandalias rojas. ¿Dónde están tus alas, tu escudo, tu espada y tus sandalias?»

El caracol volvió a levantar con orgullo su cabeza y respondió:

«Están dentro de mi caparazón. Duermen. Esperan.»

«Y ¿qué esperan, si puede saberse?» , arguyó San Pedro.

«Esperan el gran momento» , respondió el molusco.

El portero del cielo, pensando que nuestro caracol se había vuelto loco de repente, insistió: «¿Qué gran momento?»

«Este» , respondió el caracol, y al decirlo dio un gran salto y cruzó el dintel de la puerta del paraíso, del cual ya nunca pudieron echarle.

Esta gloriosa fábula, que recoge Kazantzakis en su magnífica biografía de San Francisco de Asís, me parece una de las mejores historias que conozco sobre la dignidad humana. ¿O acaso no seremos nosotros más que los caracoles? Pasa el hombre sus horas arrastrándose por los caminos del mundo, ¿Y deja algo más que baba? Si medimos las horas de los hombres, hay en ellas mucho más de mediocridad que de heroísmo. Se diría a veces que nuestras manos se construyeron para equivocarse, que de ellas sólo sale dolor para los demás y cansancio para sus propietarios. Débiles como caracoles, cualquiera podría pisotearnos y reventaría nuestra existencia como la débil concha de los gasterópodos. ¡Y cuánto nos domina el miedo! ¡Cuántas veces nos arrinconaríamos dentro de nosotros mismos si contáramos con esa concha protectora en la que refugiarse!

Y, sin embargo, dentro están nuestras armas: Las alas de oro de la inteligencia, el escudo de plata de la voluntad, la lanza viva de la palabra, las sandalias rojas. del coraje. Están ahí, dentro, dormidas, casi sin usar. ¡Qué pocas veces desenvainan los hombres sus almas! Las tienen, son enormes y magníficas, resistentes al dolor, literalmente invencibles. Pero anestesiadas, atrofiadas de grasa, mojadas como paja que humea y no arde. (Frase )

Duermen, pero también esperan, En el más amargado de los seres humanos flamea una bandera de esperanza. No sabe por qué espera, pero espera. Incluso cuando todo parece estar perdido, la niña esperanza grita que tal vez mañana cambie todo. No hay más razón que ese hermoso «tal vez»; no hay más base para confiar que esa palabra que a mí me parece la más hermosa de nuestro idioma: todavía. Todavía Dios nos ama, todavía estamos vivos, todavía puede el mundo cambiar, todavía alguien va a querernos, todavía, todavía. Con esa palabra en la mano el hombre es inmortal e invencible. Quienes la practican jamás envejecen. Y es ese todavía el que nos da fuerza para arrastrarnos hasta las puertas del cielo, para llegar hasta ellas con orgullo.

Este orgullo de ser hombres no puede ser pecado, a no ser que se trate de un orgullo tan tonto que empieza por renunciar a su mejor raíz: la de pertenecer a la gran estirpe de los hijos de Alguien. Somos los «arcángeles hijos». Y no es lo importante la baba que se dejó por los caminos, sino el alma, que ningún camino nos podrá arrebatar si nosotros no nos resignamos a perderla.

Con ella tendremos derecho no a mendigar la eternidad, sino a esperarla, casi a exigirla. Si San Pedro nos juzga por el barro acumulado sobre nuestros caparazones, tendrá todas las razones del mundo para acariciarnos con compasiva ironía con la contera de su bastón:

«¿Tú, pobre criatura, te atreves a esperar la eternidad? ¡Reventarías, estallarías al entrar en ella, como los aviones al traspasar la barrera del sonido! Tú, con ese pobre fuselaje de una conchita de miseria, has nacido, cuando más, para el limbo.»

No estés seguro, San Pedro: el alma del hombre es incombustible. Se construyó -no para el tiempo, sino para la eternidad- dura como el diamante.

Pero falta, eso sí, el gran salto. Sólo se realizan y se salvan los atletas, los que se atreven a vivirse, los que cada mañana y cada tarde saltan desde el sueño a la existencia. De ésos será el reino de los cielos y lo mejor del reino de la tierra: la alegría.

Animo, hermanos caracoles: las alas, el escudo, las sandalias y la lanza están dentro. No se ven, pero esperan. Los caracoles-atletas mostrarán un día los arcángeles invisibles que eran. Sólo falta saltar; hermanos caracoles.